Análisis. Diablo 3: Reaper of Souls para PC


Con tan solo mencionar la palabra Diablo, el hype se eleva hasta límites insospechados entre los usuarios de PC. La saga fetiche de Blizzard cuenta con una de las mayores legiones de seguidores que están estos días de enhorabuena tras publicarse Reaper of Souls (Segador de Almas), la primera expansión de su controvertida tercera parte. Un lanzamiento que para los puristas del género y , sobre todo, para los que aman esta saga supone un importante soplo de aire fresco a Diablo III que, tal y como sucediera con la expansión de la segunda parte, Lord of Destruction (El señor de la Destrucción), termina por pulir, engrandecer, asentar y mejorar un producto que hasta este pasado 25 de marzo estaba suponiendo un verdadero quebradero de cabeza para Blizzard y una sangrante pérdida diaria de seguidores por su escasa rejugabilidad y diversos elementos, véase la Casa de Subastas de dinero real, que chocaban frontalmente con la filosofía de un juego llamado a ser un digno sucesor de Diablo II con un acabado gráfico a la altura del siglo XXI.
Reaper of Souls no es solo un acto más (elevando la historia a cinco) y una nueva clase, el Cruzado. Es mucho más. Esta primera expansión trae a Diablo III el tan necesario “End Game”, y nos insufla casi sin darnos cuenta esa eléctrica y agoniosa sensación de estar horas y horas jugando para conseguir mejorar nuestro héroe Nephalem erradicando miles de demonios en Santuario. Y eso Blizzard lo ha conseguido añadiendo un nuevo modo de juego, además de la Historia. Se trata del modo Aventura, el mayor desafío de Blizzard para mantenernos enganchados horas y horas en Santuario buscando ese objeto que mejore nuestras estadísticas. Con este añadido, los héroes Nephalem podrán jugar a todos los actos a la vez y saltar de uno a otro sin restricciones. Pero lo más importante no es eso, si no que los habitantes de las ciudades nos encargarán contratos (cinco por acto) que al completarlas nos bonificarán con oro, experiencia y elementos de falla, de las que hablaremos más adelante.
Los contratos o misiones que tendremos que realizar van desde eliminar a un élite de armas tomar en concreto, salvar a un ciudadano en problemas, eliminar todos los enemigos de una determinada localización o erradicar a un jefe final, que esta vez, no estarán solos. La mecánica es simple pero efectista. Nos llevará a ir saltando de acto en acto para ir completando los diferentes contratos para conseguir experiencia y oro, algo muy necesario, como apuntaremos más adelante.
Pero ese no es el gran añadido de Blizzard. Sin duda, lo que aporta End Game a Diablo III son las Fallas. Juntando cinco elementos de falla que conseguiremos completando los contratos podremos crear un portal que nos transportará a las Fallas, sin duda, el gran golpe de efecto de Blizzard. En este mundo paralelo, podremos aparecer en cualquier escenario de los cinco actos. El objetivo es sencillo, ir eliminando enemigos y élites (los hay en grandes cantidades) para ir rellenando una barra roja. En el momento que se complete todo se tornará oscuro y aparecerá el gran desafío, el Jefe de Falla. Un élite de grandes dimensiones y con poderes especiales, distintos a los que poseen los élites, que nos hará sudar para derrotarlo. Pero todo tiene recompensa. Hacerlo nos permitirá optar con mayor probabilidad a conseguir objetos legendarios y equipamiento de alto nivel. Además, también recibiremos grandes cantidades de experiencia y de oro.
Una de las grandes novedades de este modo de juego es que no jugaremos en un solo escenario ya que llenar la barra de la falla nos obligará a tener que visitar otras localizaciones. Y la aleatoriedad es la gran baza de Blizzard. Podremos estar combatiendo en los Campos Yermos para pasar a las mazmorras del Acto III y de repente aparecer en el desierto del Acto II. Y lo mejor es que combatiremos contra demonios y bestias de todos los actos entremezclados llevándonos a sopesar las habilidades a elegir para poder derrotarlos.
Además, en las Fallas, encontraremos santuarios de poder, llamados pilones, con nuevas habilidades como hacernos inmortales, elevando nuestro daño hasta límites insospechados, otorgándonos la posibilidad de lanzar rayos a todo lo que nos rodee o dotándonos de una velocidad que ya quisiera para su Ferrari el buen Fernando Alonso. Añadidos y más añadidos con un único objetivo, engancharnos al teclado y al ratón sin remedio.
Otro añadido de gran relevancia son las esquirlas que soltarán los Jefes de Falla. Nos servirán para jugar a la lotería con Kadala. Un personaje que a cambio de las citadas esquirlas nos permitirá comprar cualquier equipamiento con una alta posibilidad de que le mismo sea legendario o de set. Un aliciente que nos llevará a repetir hasta la saciedad las Fallas para conseguir esquirlas y gastarlas en Kadala con el único y ansiado deseo de conseguir equipamiento legendario, sin duda, el más potente del juego. Un batacazo de Blizzard para acallar las bocas a aquellos incrédulos que decían que Diablo 3 no tenía End Game. Incrédulos abrid los ojos…
Y para terminar rematando la faena aparece también en escena la mística. Un personaje que se suma al herrero y al joyero y que permite acabar con una de las lacras de Diablo 3: los clones. Hasta la llegada de Reaper of Souls, la inmensa mayoría de jugadores optaban por los mismos legendarios y equipamientos por lo que era muy común encontrarte con héroes Nephalem en Santuario idénticos al tuyo. Eso se ha acabado. La mística nos permitirá modificar el diseño de toda nuestra armadura y armamento permitiéndonos obtener un héroe único e irrepetible entre la gran cantidad de diseños que hay a los que se sumarán los diseños propios de los legendarios que vayas encontrando en tu aventura en Santuario. Chapeau para Blizzard.
Pero eso no es todo. La mística consigue ahondar más en ese necesitado End Game y es que también nos permitirá modificar las estadísticas de nuestro equipamiento y armas. Eso sí, solo una de ellas. De esta forma, si consigues una arma muy poderosa y no cuenta con hueco para poder incrustarle una gema de daño crítico, siempre podremos acudir a la mística y modificar otra característica del arma hasta poder conseguir el ansiado hueco. Eso sí, para ello, nos hará falta oro y materiales que iremos encontrando por Santuario. Y aquí llega el kit de la cuestión, el oro irá in crescendo a medida que vayamos modificando esa arma o armadura por lo que nos hará falta derrotar a muchos enemigos para conseguir la característica que buscamos. Algo que nos llevará a realizar contratos con los que ganar oro y limpiar las Fallas para conseguir materiales y más oro. ¿Quién dijo que no había End Game?
Además, con la llegada de Reaper of Souls, la historia nos llevará a derrotar al Señor de la Muerte, Malthael, en una aventura que requerirá al menos unas 5-6 horas para completarlos. Como siempre, todo ello aderezado con grandes cinemáticas cargadas de realismo y una música épica, que nos pondrán los pelos de punta. Algo que ya no sorprende si éstas son producidas por Blizzard. Todo ello en un acto V que discurrirá por la ciudad de Westmarch y en la que debatirá el futuro de la humanidad en unos escenarios góticos, recargados, llenos de detalles, sin duda, los mejores de todo Diablo 3. Todo un placer para los que adoran los juegos de Blizzard al poder recrearse en el minimalismo y el detallismo que destilan.
Ese recorrido, en esta ocasión podremos hacerlo también con una nueva clase, el Cruzado. Sin duda, un gran acierto por parte de Blizzard para los que echaban de menos al Paladín de Diablo 2. El Cruzado es sin duda, una de las clases más versátiles de Diablo 3. Y lo es porque debido a su multitud de habilidades nos permitirá configurar como un héroe Nephalem con ataques a distancia o una bestia de degollar demonios a ras de los enemigos. Es un personaje divertido y con muchas mecánicas de juego. Algo de agradecer para los que, como el que suscribe estas líneas, ya tenía muy trilladas las otras cinco clases. Con el Cruzado los escudos toman sentido porque hasta ahora eran un equipamiento fantasma ya que apenas nadie los usaba. Con el Cruzado estamos obligados a ello. La ventaja es que el Cruzado también podrá blandir armas de dos manos por lo que se convierte en un verdadero tanque en el campo de batalla pudiendo soportar gran cantidad de daño a la vez que provoca devastadores ataques. Sin duda, toda una delicia verlo demostrando su valía en Santuario.
Ni que decir tiene que la banda sonora y las voces están a la altura de lo que se espera de un título de Blizzard, todo ello totalmente traducido y doblado al español. Un diez en este apartado.
En lo que concierne al rendimiento, cualquier PC de gama media podrá moverlo sin ninguna dificultad. A pesar de mostrar numerosos efectos de explosiones, rayos, partículas, etc., el juego no se resiente tanto como en el original, algo de agradecer por parte de Blizzard que ha pulido algunas extrañas ralentizaciones que se generaban de vez en cuando, sobre todo en el Acto III.
Tras cerca de un mes probando el juego, y con la perspectiva que solo confiere el hecho de haberlo jugado concienzudamente durante más de 200 horas desde la salida de Reaper of Souls, la satisfacción es absoluta. Blizzard ha devuelto a Diablo 3 al lugar que se mereció en su lanzamiento hace algo más de dos años. Ahora el juego ofrece multitud de posibilidades que requerirían mucho más espacio aquí para desgranarlas. Todo es más grande, variado, hay infinidad de cosas que hacer. En cualquier esquina puedes conseguir el ansiado legendario que buscabas o la receta con la que crearlo a través del herrero. La fórmula es simple pero efectista. Farmear y farmear. Esa es la esencia de Diablo. Y Reaper of Souls la ha resucitado de un sopetón. Santuario te espera héroe Nephalem. Yo claudiqué a su llamada y sigo combatiendo a las hordas de Malthael con mi Cruzado y su espada legendaria El Padrino. ¿Te lo vas a perder? Corre insensato!
Carlos Moio
Redactor de ZW, apasionado de las tecnologías, lo retro, consolas y gadgets. Llevo jugando desde que tengo uso de razón. Aprendiendo a diario.

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