Ya estamos un año más a las puertas de la campaña navideña. Los FIFA, Call of Duty, PES, juegos musicales e incontables secuelas de sagas contrastadas serán publicados masivamente y a todo trapo desde la semana que viene hasta mediados de noviembre a fin de exprimir nuestros bolsillos y tener el producto posicionado de cara a la única época del año que sigue siendo obscena en cuanto a gasto en los hogares medios en tiempos de crisis; la navidad.
Resulta obvio que la crisis lo cambia todo. Tanto el comportamiento del consumidor, quien buscará “una cara familiar” que signifique una apuesta segura al ir a su punto de venta de confianza. Como de las desarrolladoras, cuyas juntas directivas “les apretarán las tuercas” para que saquen producto sostenible; esto es, que no produzca pérdidas sino beneficios y permita sufragar no sólo los costes de desarrollo sino la dilatada masa salarial de la empresa.
Todavía se sigue hablando del cambio para bien experimentado por EA, me consta que un gran estudio de mercado les descubrió –algo tarde en mi opinión- la terrible imagen que el usuario avanzado tenía sobre ellos, un poco como el lavado de cara perpetrado por Nintendo recientemente. Tras una serie de años en los que se jugó sobre seguro se decidieron a ampliar su horquilla de público objetivo. Mirror’s Edge y Dead Space fueron su apuesta principal en ese año fiscal y una bocanada de aire fresco para el sector con dos nuevas IP triple A.
Pues bien, al cierre del año fiscal EA registró la nada desdeñable cifra de 850 millones de dólares en pérdidas según fuentes de mundo financiero, algo menos de cien de lo declarado por ellos mismos de forma oficial en la junta de accionistas. Muchos medios del sector culparon de este descalabro (que ha desembocado en recortes de plantilla de entre el 30 y el 40% y el cierre de no pocos estudios internos) al hecho de que las IPs de nuevo cuño no son rentables en esta gen.
Yo decidí tirar de hemeroteca y según el Wall Street Journal Electronic Arts tiene más de 100 directivos y ejecutivos con salarios netos (bonificaciones no incluídas) de un millón de dólares anuales. El propio Peter Moore costaba a la compañía 7,5 millones libres de impuestos. Con esta losa es normal que tu producto –sin ser deficitario y aún siendo amortizable a medio plazo- no sea lo bastante rentable. Así no me extraña que se planteen DLCs ridículos o que contemplen la idea de hacerle pagar 10 dólares al comprador de segunda mano por poder jugar online. Lo peor de todo es que todo esto no son es determinante a la hora de seguir poniendo 10 millones de unidades de algunos de sus top tier en el mercado . Los grandes nombres van a vender igual a 45 que a 60 que a 70.
También es un ejercicio de notoria hipocresía oírles culpar al mercado de que las nuevas franquicias no vendan lo que esperaba. Cuando por sí mismas cubren holgadamente los costes de desarrollo. Tampoco me gusta el proteccionismo de los medios al respecto. Proteccionismo al no hablar claro de por qué tenemos este contexto. Proteccionismo con las notas, ya que saben que “o entran en los baremos “propuestos” por la compañía de turno o tienen bloqueado el análisis hasta el día del lanzamiento y la próxima vez se quedan sin la beta o la versión promo de turno. La relación medios-desarrolladores es un complejo ecosistema en el que ambas partes se benefician pero hay que tener más respeto por el lector. Alguien debería recordarles que ser crítico acarrea una gran responsabilidad, ya que se condiciona la opinión de la audiencia.
Todos sabemos que las notas son relativas, si todos los juegos tienen un 90 como mínimo entenderemos que el de 98 o 99 será el mejor de todos ellos, como pasa con las revistas de papel o en menor medida en los medios generalistas de la web. Pero es curioso lo bien que se posicionan ciertos juegos. Luego hablas en privado con el redactor de turno que le cascó un 9,5 o un señor 96 y no tiene ni entre sus diez títulos favoritos del año. No somos la única industria servil con el producto que genera interés y hace de motor del mercado pero al menos mirémonos al espejo antes de seguir criticando a otras como el periodismo deportivo, el cine, la música o incluso “el corazón” si nuestros valores están igual de podridos. Sin reputación no hay respeto, que decían en un corto.
Carlo A. Roca “FoeXVII”